10/11/09

martes, 10 de noviembre de 2009

Querido Diario,

Se acerca el final del año y los días se me hacen largos y agotadores. Es como que cada paso, cada palabra, cada sentimiento costara más que ayer. Tengo un eterno dolor en el pecho que se aferra a la piel como un chinche. Puedo sentir como se mantiene ahí, mudo y quieto en el día, para causar su daño por la noche como un cáncer fulminante que inverna esperando el momento preciso para atacar. Muchas veces me lo imagino como un hoyo negro espacial, un agujero que se hunde en mi carne y que ventila de forma poco considerada lo que se esconde en mi corazón.
Hoy estuve a punto de llorar cada vez que mi mente se desconectaba y se ponía a pensar en todas las cosas que me agobian. La mochila en mi espalda pesa cada día más, y no estoy segura de que mi cuerpo- siempre tan fuerte- pueda seguir soportando las toneladas que acarrea de un lado a otro… a todas horas, a todo lugar.
¿Qué querrá el destino de mí? Es algo que suelo preguntarme en las horas muertas del día. Antes, cuando era más ingenua, creía que había un destino brillante y maravilloso que me estaba aguardando. Una joya que brillaba en el horizonte, y que sería alcanzada cuando cruzara el mar. Pero ahora, con veinte y tantos años encima, sé que el destino me jugó una mala pasada. Que no quise seguir mis sueños por obstinación, y que ahora mi barca pasea extraviada por el oleaje, sabiendo que es muy tarde para volver a la orilla, y segura que le costará sudor y lágrimas alcanzar la visión de la joya perdida con la que soñó alguna vez. Que en el camino se puede encontrar con tiburones, ballenas, medusas que salten a cubierta y busquen mis tobillos para encadenar, porque el mar esconde millones de secretos, y tanto a la vida como al mar hay que tenerles un enorme respeto.
Ayer quise evadirme, olvidar todo. Cerrar los ojos y sentir que pertenecía a una realidad paralela. Saltar montañas y llegar a un peñasco escondido en la cordillera. Sentir el frío envolvente de la nieve y percibir cómo se congelaba la punta de mi nariz. Batir mis pestañas y observar los rayos de sol que hacen de las montañas un cristal brillante, como un diamante pulido que fragmenta la luz blanca y muestra la naturaleza de los colores que la forman. Sólo ayer quise derramar lágrimas saladas que se colaran en la nieve y se petrificaran en ella, formando un camino de granizo que se difuminara entre lo blanco, lo bello y lo frío. Porque ayer era el día para soltar todo y olvidarme de que existo. Sí, ayer el día… pero hoy no. Hoy ya es demasiado tarde.

L.E