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Tengamos miedo

viernes, 13 de marzo de 2015

Tú y yo.
Temamos.
No abramos los ojos a la luz.
No escuchemos razones, porque las razones no existen.
No creamos en nada.
Ni en el sol, ni en la luna, ni en las artificiales luces de la ciudad.
No enfrentemos los dolores porque son muchos.
Sellemos las heridas con sal y dejemos que la piel escuece.
Escuchemos el sonido de los autos y olvidémonos de que hay que andar.
Caminar es imposible, volar demasiado arriesgado.
Temamos y no dejemos que los sueños nos manejen.
Encerrémonos en este precioso estado de locura donde nadie más existe.
Tú y yo. Solos y apartados.
No te conozco. No me conoces.
Pero tú y yo somos uno.
Encuéntrame.

Nunca lo perdiste

viernes, 4 de octubre de 2013

Miras hacia atrás y crees que ya no lo tienes.
Lo buscas en los bolsillos donde la arena se esconde.
Cavas en las profundidades de telas, carne y recuerdos.
Cierras los ojos y crees poder escuchar su voz.
Lo observas: sus ojos nunca tuvieron nada de especial,
pero te gustaban. Te enamoraste de esos ojos comunes y corrientes.
Esos labios que no besaban mejor que otros excepto cuando te besaban a ti.
Frases que te dijo cuando la distancia los mantenía aparte.
"Creo que me enamoraré de ti".
Mentiras.

El agua borra lo que una vez se tuvo.
La arena se escapa de los bolsillos y se pierde en el suelo.
No hay telas ni carne donde los recuerdos se desdibujan.
Ya no escuchas su voz. No sabes siquiera si la reconocerías si te hablara.
Esos ojos se volvieron opacos y pequeños, oscuros como los de un buitre.
Besó a otras y sus besos dejaron de ser especiales.
No quedan frases en el aire sólo mala memorias.
Y nunca se enamoró de ti.
Esa es la única verdad.

L.E

El Poeta - o crónicas de un pasado lírico-

miércoles, 14 de marzo de 2012

Siempre me había llamado la atención como se sentaba. Con seguridad echaba su espalda hasta el respaldo de la banca, tomaba un cigarrillo con sus huesudos dedos y aspiraba una bocanada de humo que luego expiraba con esa indolente tranquilidad. Vistiendo su impecable terno bien planchado parecía un detective camuflado que investigaba a un hombre de clase alta, imitando esas posturas elegantes y resignadas que decían más de él de lo que uno quería creer.

Era común verlo solo entre la gente como un ente apartado que se dedicaba a observar, tal como yo lo observaba a él. Sus ojos oscuros se enfocaban en los gestos ajenos, estudiándolos con agudeza, como si quisiera sacar de ello los pensamientos que rondaban en sus cabezas. Su mandíbula marcada se tensaba frente a un hecho extraño, de forma instintiva, casi refleja. Y sus manos dejaban caer la colilla al suelo de cemento, sin pisar la puntilla que aún brillaba entre el tabaco seco.

Había algo en su aura misteriosa que me atraía de manera irremediable. No sabía qué era, pero lo quería descubrir. Hasta el día de hoy no sé qué es lo que me hace invocarlo con tanta exactitud, como un fantasma inmemorial que se vuelve más concreto y presente con el paso de los años.

Hablé por primera vez con él un trece de mayo. Lo recuerdo bien porque ese día cumplo años, y desde que tengo uso de razón odio cumplir años. Me lo topé en la librería de la Universidad mientras los dos cogíamos del mismo estante un libro del mismo autor. Al parecer a ambos nos tomó por sorpresa ese gesto.

- Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié-.

Me dijo hojeando el libro que había tomado. Parecía buscar una hoja determinada; conociendo el libro de memoria sabía dónde encontrar cada verso que quería leer.

- ¿Poetas malditos?- le pregunté, dejando el delgado libro en el estante y tomando otra antología poética.

Recién entonces me miró. Sus ojos viajaron rápidamente del título del libro hacia mi rostro.

- Rimbaud, el más maldito-.

Yo sonreí.

Nos quedamos en silencio admirando los versos desparramados en las hojas. Él se veía concentrado en repetir unas palabras que no alcanzaban a salir de su boca, como frases que olvidaban el sonido de las vocales, dispersándose en el aire. Yo no podía evitar admirar sus ojos entornados hacia el papel, escondida tras la tapa del libro que intentaba leer, pero que perdía entre los versos tibios y disparejos. Aquel que siempre me había llamado la atención estaba a mi lado, y aún así se sentía terriblemente distante. No había dejado su aura de misterio al alejarse del patio hacia la librería.

- Y desde entonces, me he bañado en el Poema del Mar, infundido de astros, y casi lechoso, devorando los azures verdes; flotación lívida y arrebatadora, un ahogado pensativo a veces desciende-.

Declamó en un tono amargo. Sus labios apenas fruncidos hacia un lado y con el libro a la altura de su pecho, leyendo y no leyendo a la vez lo escrito en la hoja. Podía percibir como para él esas frases eran más que palabras sueltas sin sentido. Como todo su ser parecía verse reflejado en esas palabras angustiosas y desesperantes, sintiéndose parte de lo expresado por Rimbaud, si no se sentía como el mismo Rimbaud en persona.

No dije nada, sólo me limité a escuchar lo que decía con atención. No sabía de qué poema eran esos versos y él pareció leer la confusión en mis ojos.

- “El barco ebrio”… uno de mis favoritos- me aclaró.

Cerró el libro entre sus manos y lo volvió a dejar en el estante. Me miró por un segundo e hizo un ademán de adiós con la cabeza antes de salir.

Yo compré el libro ese día.

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L.E


Hurt

lunes, 23 de enero de 2012

Cuando uno está pendiente de sus propias heridas es muy difícil ver las heridas ajenas. Aquellas heridas invisibles que parecen manchar el mantel a cada palabra. Sangre de agua que ensucia la ropa, los zapatos, el suelo y hasta las yemas de los dedos con cada nueva mirada. Esas malditas heridas que no desaparecen con el tiempo ni con el viento, sino que a cada tic tac del reloj se hacen más profundas, como si quisieran atravesar todo el cuerpo y pasar al otro lado para poder liberarse. El problema está en que no existe dicha liberación. No hay forma alguna que aquellas heridas sean sanadas u olvidadas. Sólo podemos aprender a vivir con ellas. Soportar el peso de su dolor y alzar los ojos para no volver a ser heridos.

Sé que me hieres. Lo sé. El dolor se acentúa cada vez que inspiro. Ya no quiero respirar. No quiero caminar. ¡No quiero abrir los ojos!.

El rojo me rodea y ya no distingo el sol. Son millones de cuchillos que se posan en mi piel y la hacen tira, la rajan y la estiran. Duele. Duele más que nada. Duele tanto que ya no puedo pensar... que ya no quiero pensar.

"No, nunca le pegó. Lo prometo, señor policía, nunca le pegó. Lo sé, la vi todos los días del año durante una década completa. ¿Que si la veía bajo la ropa?, ¡claro que no!. Soy un hombre decente. ¿Que cómo puedo asegurarlo?. Porque su rostro no mostraba un dolor físico, sino un dolor distinto, una tristeza que se arrastra consigo y que pesa más que huesos rotos. A ella le dolía el alma, y le dolía tanto que suspiraba sangre. No, claro que no exagero, es muy común suspirar sangre. Esas son las huellas que dejan las heridas de corazón. El corazón es un órgano delicado que no tiene forma de ser sanado, y él no hacía más que herirselo a cada momento con algunos de los métodos más comunes: el desamor o la indiferencia. Sí, ella lo amaba, pero él, si es que la amaba, nunca se lo demostró. Siempre fue frío, duro, demasiado independiente. Jamás le dijo que la quería, ni aún cuando ella tuvo el accidente. A mi parecer le tenía miedo. Temía depender de ella, y así la fue matando de a poco, tratándola mal, desgarrándole una a una cada capa de su corazón, como quien pela una cebolla. No, no sé nada de armas de ese tipo, soy un hombre viejo y no sé de esas cosas, pero déjeme decirle algo, lo que usted está investigando no es un crimen... es una victoria del dolor sobre el amor. Y créame, el dolor casi siempre gana. Pocas personas pueden amar tanto para sanar el corazón de alguien dañado. Son pocas las personas que tienen tanta paciencia en estos años".

L.E

Visiones de un Loco

lunes, 19 de diciembre de 2011

¡Mi alma se ha hecho añicos!

Y ahora me pierdo entre sus pedazos

(Observándose frente a un espejo roto)


L.E

Ira

lunes, 21 de noviembre de 2011

Como una psicópata lanzó el plato hacia la pared. El ruido de la porcelana haciéndose añicos la reconfortó, pues no había mejor remedio para el desanimo que destruir cosas. Su madre le contó que una vez vio, en un famoso Restaurant Brasilero, que cuando el ambiente del local parecía decaído el personal estrellaba platos en el suelo para animar la conversación. La técnica, poco convencional por calificarla de algún modo, daba resultado, y de un momento a otro la conversación volvía a ser parte de las risas y los gritos agradables de los comensales.

Observó la loza en el suelo y sonrió. De un instante a otro se sentía más aliviada, como si la ira hubiese desaflojado el nudo que le apretaba la garganta. Se quedó de pie observando su propia sombra reflejada en la blanca pared. El atardecer llevaría pronto a la penumbra, y con ello- luego de la noche- vendría, como siempre, un nuevo amanecer.


Su respiración se calmó mientras el sol se iba apagando de a poco. Los tonos rosáceos del cielo daban a imaginar un firmamento donde las nubes se estuvieran quemando. Llamas furiosas, tan furiosas como se había sentido su alma hace algunos instantes se desdibujaban en aquella tarde.


Suspiró levemente y fue por una escoba. Ahora era momento de limpiar ese desastre.


L.E

08/11

martes, 8 de noviembre de 2011

La ventana es pequeña, tanto así que parece más una fisura que una posible salida al mundo exterior. Pero a medida que los pasos se hacen más rápidos y el tiempo transcurre, es posible que ella vea que aquella pequeña fisura toma forma, y que todo lo que queda de vida en ese lugar se escapará por ahí. La luz que le permite tener esperanza desea alcanzar aquella ventisca que se cuela entre la piedra y observar cómo se desarrolla el mundo allá afuera. ¿Pero qué hará ella cuando la luz se esfume y la deje sola? Vivir en la oscuridad... y eso le aterra.
Sus ojos se fijan en ese mínimo espacio e intenta analizar la situación desde la distancia. Quizás el derrumbamiento que amenaza con cada nuevo temblor le permita salvar su luz y mantenerla a su cuidado. Los días darían la respuesta que ella espera, pero nunca es bueno confiarse en los días. Quizás esos mismos días se hagan cargo de apagar la luz. ¿Y quién es ella para evitar que la luz cumpla su destino?. Nadie. Sólo un ser terciario e imparcial, que vela por su propia supervivencia en esa cueva de manera egoísta e interesada.
Por el camino que le falta por recorrer puede constatar que queda más tiempo del pensado para llegar a establecer que la luz escapará y traicionará todo el tiempo que han pasado juntas. Su carácter es ambivalente, siempre cambiante, y por lo mismo no es simple confiar en ella. Pero la luz puede cambiar de parecer, aunque quizás con ello se apague.
¿Dónde reside la potencia de la luz?. ¿En su núcleo, en el ambiente, en ella misma?. ¿Será acaso que la luz sólo es especial porque alguien la acompañe, y sin compañía no pasa a ser más que una roca olvidada en el fondo de aquel lugar?. ¿Será consciente la luz de que algo los une, y a la vez, eso mismo que los junta - el sobrevivir- quizás los separe?
La luz parece no preguntarse nada mientras avanza sin detenerse hacia esa ventana que muestra un futuro indeterminable y desconocido.
Y ahí está ella, observándola, observándose, y caminando sin poder detenerse hacia el futuro más incierto de todos. Sin saber si ello significará vivir o la misteriosa y oculta muerte.

La Historia No Escrita

jueves, 9 de junio de 2011


Hace un tiempo atrás, sin especificar fecha, quería escribir una historia. Durante días dio vueltas en mi cabeza, como un remolino de escenas que buscaban, sin encontrarlo, su unión. El pasado se entremezclaba con uno de esos futuros inciertos que brillan con cierta familiaridad que nos ciega. "¿Por dónde comenzar?" me preguntaba observando la planilla en blanco. Mordía mi labio inferior. Ponía música inspiradora. Rememoraba instantes que se habían marcado con claridad en los recovecos de mi mente. Pero no tenía nada, absolutamente nada que escribir.
Un día, sin más, decidí ponerle título a esa historia que se negaba a la conexión de mis dedos y las imágenes que circulaban por mis pensamientos:

"El Loco y su Torre"

Así, nada más. Un nombre inspirado en cartas y en números astrales. La torre que se alzaba hacia el cielo fue derrumbada por el rayo celestial, y ahora, casi arruinada, volvía a elevarse con pilares mucho más fuertes hacia las nubes. El problema estaba en que el Loco, el mismo Loco del pasado que había hecho marcas en cada una de sus paredes, quería volver a habitar aquella Torre que tantas emociones le había causado. Pero la Torre, por más que deseaba verlo volver, no se podía forzar a ella misma a abrir su puerta. El Loco nunca había tenido la fuerza suficiente para jalar de sus manillas y entrar de una vez y para siempre en ese lugar. Sus estadías, que a la larga fueron sólo temporales, ahora ya ni siquiera hacían eco en los pasillos nuevos y relucientes que la Torre estaba por estrenar. No eran más que un recuerdo en el suelo remodelado, y un suave adiós de la única pared que quedó en pie. En ella, antes de que el rayo derrumbara gran parte de su arquitectura, el Loco había tallado con un cincel "Siempre serás mi Amor". Y ahora, tras las nuevas confecciones, sólo la palabra "Amor" se había mantenido intacta en la madera.
Pero era gracias a esa palabra que la Torre jamás había perdido las esperanzas. Una palabra que en sí misma significaba todo, y a la vez nada con respecto a él. La Torre, que de a poco se iba acomodando a esa nueva infraestructura que la formaba, elevaba su mirar al cielo y se sentía cálida y acogida por los tibios rayos de sol.

Y yo, hoy, sin saber del todo si es casualidad o un mensaje de una fuerza inmaterial, escribo la historia del Loco y la Torre que antes no pude escribir; y me atrevo a decir, sin lugar a duda, que el primer error de esa historia fue agregar una palabra de dos letras que no tenía que estar ahí. "Su" estaba demás desde el inicio, porque la Torre no era de nadie más allá que de ella misma, y el Loco hace tiempo que había dejado de habitar en ella. Su voz en las habitaciones desiertas eran sólo un eco nostálgico, y la Torre ya no quería vivir de nostalgia. No. La Torre buscaba que el rayo que la destruyó le diera un par de respuestas, mientras inevitablemente se acercaba más y más al aire celestial.

Por suerte en las buenas historias las respuestas (al menos algunas) aparecen tarde o temprano. Y en este caso una de ellas apareció en compañía de la luz de las estrellas y del golpeteo de un puño en la nueva construcción. La Torre se despertó de su espera y sintió como alguien quería jalar la manilla.

La luz de la luna emitió un nuevo fulgor.

L.E

Hojas de Otoño

domingo, 3 de abril de 2011

Miércoles. Día en el que la primera hoja dorada se interpuso en mi camino. No lo dudé, porque un millón de imágenes se posaron en mi cabeza al momento de pisarla. Crujió como si fuera chocolate congelado siendo trozado por mis dientes.


Siempre me gustaron las hojas de otoño. Los caminos color sepia y la brisa que mece las ramas de los árboles. La lejanía del sol amarillo hacia uno pálido y agradable. El olvido del verano para ver venir el nostálgico invierno. Transición. Acostumbramiento. Lluvias que no mojan y fríos que no congelan. Equilibrio, entre el sí y el no.


Otoño es el ying yang.


Risas que se entremezclan con el sonido de los automóviles. Pañuelos en el cuello, dejando la bufanda en el armario hasta un par de meses más. Botas en la noche, sandalias en el día. Chaquetas delgadas sin capucha.


La última vez que lo vi fue un día de otoño. Ambos llevávamos lentes oscuros por el sol, ese sol aún enceguecedor de medio día. Nos abrazamos. Apoyé mi rostro en su pecho y me dejé acunar por sus brazos. Era grande, mucho más grande que yo. En él, con él, siempre me había sentido protegida. Besó mi mejilla y corrió mi cabello hacia atrás, buscando mis ojos. Nos encontramos y su sonrisa me lo dijo todo.


Yo no sonreía.


Desde entonces evoco el otoño y recuerdo el silencio ruidoso de su lejanía. Se confundió entre las personas y mi mirada lo perdió para siempre. El agujero en mi corazón fue tan profundo que la sangre salió a borbotones y bañó la acera. Nunca más volvió a latir con normalidad.


Ahora sólo las hojas de otoño me recuerdan su voz.


Sólo hay hojas de otoño por todas partes.

L.E

Hallazgo

jueves, 2 de diciembre de 2010

"Ella ya descubrió un futuro sin mí...

... y yo no soy más que un pasado sin ella"
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(Frase encontrada en un Diario de Vida de un hombre que no sabe amar. O al menos no supo amar cuando correspondía.
Dicen que años después se dio cuenta que la libertad acompañada de la soledad no era tan buena. Pero cuando abrió los ojos y sintió el vacío de su corazón ya era demasiado tarde.
Ella había seguido su camino abrazada de uno u otro hombre. Y aunque a veces lo recordaba... jamás lo podría volver a querer.
Los corazones heridos escuesen como la sal antes los besos del pasado. Y es mejor dejar la herida que se sane con el tiempo y la distancia. Aunque más de alguna vez un buen parche ha sido suficiente.
Por suerte todo tiende a sanar, o sino la gangrena infecta el órgano y lo destroza. Matándolo sin compasión.
Otra cosa que aseguran los cuentos)
L.E

Oscuro reflejo

domingo, 21 de noviembre de 2010

Era fácil olvidar entre espejos pintados de negro. El rostro ya no se reflejaba, y con ello era imposible notar la oscuridad de sus cabellos en contraste con el antiguo brillo. Quería llorar, pero no sabía porqué era eso. Algún eco de su cabeza le gritaba algo que ella debería saber, que debía sentir... mas que no sentía. Daba lo mismo cuánto intentara reflejarse en ese espejo para buscar lo perdido, porque por más que se hundiera en él, no había forma de reencontrarse con eso que alguna vez fue y que ahora había desaparecido. Ella misma había pintado los espejos con una gruesa brocha y un tarro de pintura. Sabía en esa entonces que la tentación podía ser gigante por intentar volver al momento que debía dejar atrás, y por eso decidió evitar ello eliminanto todo recuerdo con una capa de pintura negra. Y había resultado, porque aunque concentrara sus ojos en ese espejo no podía ver nada más que las líneas uniformes que había dejado la brocha.
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¿Canciones?.
Sí, algo murmuraban desde el cielo
¿Imágenes?.
Pobres en su mayoría, que gracias a Alá no decían nada más allá de sus pixeles
¿Besos?.
Era maquinario. Labios, tal vez lengua, y saliva dulce.
¿Mariposas?.
Habían revoloteado demasiado lejos y jamás volverían.
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Porque las golondrinas podían volver cada primavera, pero ella ya se había ido. Y su corazón había marchado con ella.
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L.E
Luces que escapan como rayos de la discordia.
Sueños rotos en la acera de un día caluroso.
Sangre vertida en un vaso negro y puntiagudo.
Tres golpes sobre la superficie de piel pálida.
Un eco le hace abrir los ojos y ver la destrucción de sí misma.
Se siente libre. Ya nada la amarra.
Nunca más volvió a soñar.
Y el mundo se volcó en un cuarto de espejos: sin imágenes, sin formas, sin sombras.

L.E

Hoja en Blanco

domingo, 5 de septiembre de 2010

Voló frente a mí y se posó sobre el escritorio. Estaba blanca, sin marcas, sin tinturas, sin nada más que una línea gris en el borde que enmarcarían las palabras que ahí serían escritas.

¿Por qué la hoja en blanco no consiguió otro dueño y se detuvo frente a mis ojos?.

Esa es una pregunta que me haría una y mil veces mientras la hoja se mantenía ahí, quieta, expectante, suplicante por ser llenada con palabras, frases, hermosas ideas de una mente que comenzaba- otra vez- a ver la luz del sol.

Mi mano tomó el lápiz y se detuvo a un milimetro de la hoja. Por mi frente bajaba una gota de sudor, y mis ojos cerrados buscaban esa concentración magnámina de un escritor cuando debe encontrar la primera palabra.

(Ese es un enorme secreto, pero la primera palabra es la que definirá si lo que se escribe es una obra maestra, o mas bien algo insulso que se escribió para olvidarse. Otra frase más que no quedará en la memoria colectiva y que será botada en la basura junto a las sobras de comidas, el papel higénico y las boletas de aquellas cosas sin importancias que deben desecharse.)

Pero por más que indagué en cada recoveco de los recuerdos, de las ideas, de las memorias de un millón de historias que quería contar, no pude hallar esa palabra: LA PALABRA, que cambiaría mi vida para siempre y me haría una escritora consolidada.

Sin embargo, cuando ya me había rendido y había dejado una vez más el lápiz en el escritorio y la hoja blanca tan inmaculada como hace unas horas atrás, una chispa de luz iluminó mi mente. Me imaginé unos ojos que no conocía, sentí un susurro helado correr por mi cuello, percibí unas manos que no eran las mías que relajaba los músculos de mi sien.

Y ahí estaba.
Era ahí.
La Inspiración de una nueva vida.
Tú.


Entonces tomé el lápiz y escribí:

"Pensé que jamás te encontraría..."



L.E

Alas.

viernes, 13 de agosto de 2010


Abrí los ojos y toda la ciudad estaba destruida. Los peñascos de cemento se acumulaban sobre lo que alguna vez fue una gran avenida, y los pilares de los edificios se mantenían como sombras sobre la destrucción que a esa hora iluminaba la luz del sol.

Me sentí perdida.

Era difícil ver bien con el polvo que se posaba en mi nariz y me hacía estornudar como una alergia crónica. Mis ojos se llenaron de lágrimas de molestia y restregué mis manos sobre ellos, dejando mi cara con marcas de tierra.

- ¿Hay alguien por aquí?- grité esperando que no sólo el eco fuera mi respuesta.

- ¿Aló, me escuchan?- le pregunté a ese viento silbante que traía restos de ceniza de quién sabe dónde y por qué.

Pero nadie respondió a mis preguntas.

Caminé con mi rodilla sangrante intentando eludir los restos de viviendas que parecían grandes rocas. Me dolía cada paso como si caminara sobre fuego, esforzándome en no caer, alimentándome sólo del deseo de sobrevivir para soportar aquella carga que significaba una extremidad destrozada.

Quería vivir, lo deseaba con toda mi alma, pero ese dolor podría acabar con todos los deseos, incluso con aquellos deseos que se aman y que se guardan en lo más profundo del rojo corazón.

¿Cómo iba a morir sin cumplir mis sueños?. Aunque aquella destrucción no me aseguraba que mis sueños se podrían cumplir ahora. Pero de todas formas el deseo de cumplir esos sueños era lo único que me impulsaba a seguir, a moverme, a caminar, a volar como nunca antes lo había hecho porque siempre se me fue vetado.

Cerré los ojos y levanté las manos para sentir ese viento sucio y frío. Los restos de fuego que lo habían calentado habían desaparecido, y ahora sólo era una brisa tóxica que marcaba mi piel con puntos negros. Batí mis brazos como más de alguna vez lo había visto en las nubes, donde había sido rechazada por los guardianes mayores. Y sin más las alas que tanto había anhelado se desplegaron como dos hojas de algodón tras de mí.

El primer sueño se había cumplido. Ahora quedaba el salto y el despegue.

Sufrir me llevaría sobre la cima.


L.E

Mise en scène

miércoles, 16 de junio de 2010

Tras el maquillaje, las pestañas falsas, el gran vestido con enagua incluída y las luces celestes que bañaban el escenario no se sabía qué cosa podía ser verdad o no.

La actriz principal estaba de rodillas sobre el suelo. Por su mejilla bajaba una lágrima cristalina, y sus manos sujetaban su cuerpo humillado que no se atrevía a ponerse de pie.

Una vez más su corazón roto deambulaba tras las cortinas, en las escaleras, sobre los tramoyas y bajo los latidos de ese otro corazón, aquel que había amado y que nunca la había hecho feliz.

El temor más terrible se reflejaba en sus ojos. La agónica realidad de un te amo que se volvió un repentino adiós llegaba a sus oídos aún antes que se atreviera a pronunciar esas palabras.

¿Por qué no existían los finales felices?. Al fin y al cabo el dicho no era verdad. El amor atrae el amor no era más que una falsedad puesta en escena. ¿Y para qué actuaba entonces si nunca podría interpretar a un personaje feliz?. Quizás le gustaba ser masoquista con su destino, castigarse una y otra vez por los sufrimientos propios y ajenos, los que ella había provocado y los que estaría por provocar. Le gustaba llorar bajo la luz celeste y frente a un público comprensivo. Representarse a ella misma una y otra vez, con o sin maquillaje, limpia o sucia de polvo, triste, melancólica o sólo resignada a un mundo que daba vueltas en un mismo punto como un eterno espiral. Y tenía que aceptar que jamás la vida sería lo suficientemente buena para devolverle una verdadera sonrisa en su camino.


El Karma había hecho su presencia.


Se puso de pie con esfuerzo y la cola del vestido se arrastró por la madera sucia. Sus labios teñidos de rojo sonrieron a ese público desconocido que esa noche se tomaba del hilo de la trama. Sus dedos rozaron el pecho de su coestrella como un rasguño sin mayor fuerza, y mirándolo a los ojos se lo dijo.

El adiós cortó el silencio y derramó la sangre amada sobre la cortina que en aquel punto anunciaba el final.

Después de eso vinieron los aplausos.
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L.E

Víbora

lunes, 26 de abril de 2010

"y que no nos vendamos
simulacros para que entre los dos
no haya telón
ni abismos"
Mario Benedetti.




En cuanto a ellos, el simulacro soy yo. Desde un inicio la simulación ha sido mi fuerte. Y mientras aquel telón que ya nos separa nos siga cubriendo las caras, la emulación se transformará en la mejor arma.

Es más fácil hacerse la buena de lo que uno cree. Un gato que rodea las paredes y que tiene las garras listas para atacar. Un arma que afilada, parece más una joya que un objeto punzante capaz de hacer daño.

Simular que te quise mientras las gotas de sangre invisibles bañaban la alfombra. Sonreír con descaro ante tus palabras, que para mí no tenían sentido alguno. Mirar una y otra vez tus ojos bajo las sombras de la noche, y ver en ellos el vacío en el cual yo no caería... nunca.

Porque el veneno que fluye por mis venas es lo único que necesito para transformarme en una asesina: de amores, de corazones, de esperanzas que no deberían existir. Pruébame otra vez y verás como tu piel se pondra violácea y tus ojos rojizos. Serás víctima del desengaño, del desamor y del tormento en el que vive un corazón enamorado.


Soy el ángel caído que baja desde el cielo para atormentar sus dulces sueños;

La víbora que se arrastra por tus pies y que con una mordida llega al centro de tu cuerpo;

Aquella en la que confiaste y que rasguñó tu alma hasta herirla en lo más profundo.

La súcubo que jamás tocará el infierno, porque en la tierra los tormentos son mejores.

L.E

Curiosa

domingo, 25 de abril de 2010

Me encantan los secretos. Soy curiosa y me fascina descubrir qué se esconde tras los susurros y los mensajes incógnitos. Las miradas también ocultan cosas que se quieren decir, y que se callan. Pero hay ciertos secretos que no quiero descubrir. Secretos como los que me has revelado en algunas ocasiones.
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- ¿En qué piensas?-.
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El sol de la tarde sigue iluminando el cielo. Las nubes han desaparecido, igual que tu sonrisa.
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- En nada-.
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Busco tus ojos. Sí, sé que mientes.
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- Vamos, dime, ¿en qué piensas?-.
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Y no es que me guste insistir, pero mi instinto me hace conocedora de tu mentira. Una suave inocencia que se oculta tras tu mirada me reconoce tu culpabilidad aún antes de que emitas sonido alguno.
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- En nada-.
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Me callo.
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Poso mi cabeza sobre mis brazos y dejo que el sol entibie mi cuerpo. Me gustan las tardes veraniegas del sur.
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- Sabes...-.
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Sé que ahora dirás lo que pensabas mientras mi cabeza se levanta para observarte. A veces eres predecible.
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- ... me acordé de ella-.
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Exacto, mon amour, esos son los secretos que prefiero no saber y no haber escuchado nunca. Porque no quiero saber cuántas veces la recuerdas a ella cuando me ves a mí.
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Hay ciertos secretos que es mejor dejar a escondidas, como los pensamientos antes de dormir. En momentos es mejor olvidar que hay algo sin decir en nuestras miradas.
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La curiosidad mató a la amante...
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... ¿no era así el dicho?.
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L.E

Entre clases

martes, 30 de marzo de 2010

Le confesó a su amiga entre susurros mientras el profesor proseguía la clase:
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"Hay veces que cuando lo miro siento que se me acaba el aire".
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L.E

Criatura

jueves, 25 de marzo de 2010

E.L
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.odis aíbah erpmeis euq orreih ed arudamra aL. zev arto arudamra anu olós euq sám aíres on alle y, ratrepsed aírdop etnemlicífid lauc led onrete oñeus nu ne odíac aíbah alle ed ortned arutairc euqroP. erpmeis rop adarrec aírdnetnam es acob us euq y ,saceñum sus sám zev anu naíralugnartse setellirg sol euq ,seip sol es nóicalucric al ratroc a naírevlov el sarudata sal euq opus alle secnotne Y .ollumrum olos nu noc adabmurred eseuf abadeuq el núa euq azreuf al adot is omoc ,etnemaveun libéd óitnis es y ovuted es arutairc aL .soibal sorto ed odilas naíbah sarbalap sert acob us revom niS
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.esreneted ozih al y atsiv us ólbun ogla ,aíev euq ol odot razarba a y ratlas a óznemoc oirogloj noc y ,sarbalap sus ed arutairc al a raifnoc recah odup nif rop odnauc Y .areuf euq ol areuf ,esaesed euq ol recah ed erbil areitnis es euq arap ominá al y ,amsim alle ed ortned adadivlo y ligárf abatse euq arutairc aseivart alleuqa ócsub ríernos esrevom ótnetnI .adreucur ol núa ,erbil res osiuq euq zev anugla obuH
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.sarudata saiporp sus ed esrarebil aídop on ,amsim alle res aídop on euqrop , ratsalpa a nareuf al sallarum sal is omoc aítnes es setimíl soiporp sus ertne adapartA
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.aídop on y , ratirg aíreuq euq olleuqa odot a aídnopser adalbun adarim anu olós y ,selacov sadreuc sal ne satroc noradeuq es sabralap saL .onugla odinos ricudorp aídop on y atnagrag al ne órota es eria lE
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Feli-no-dad

lunes, 15 de marzo de 2010

Amanda abrió los ojos y alzó los brazos hacia el cielo azul.

Como un rayo de plata las plumas del ave brillaban por el sol. Su vuelo parecía un baile relajado en la pista celeste, y sus ojos oscuros se fijaban en los brazos que Amanda impulsaba hacia arriba como si quisiera alcanzarlo.

Leyendo sus pensamientos, el ave descendió hacia Amanda. Manteniendo su vuelo en círculos rodeó las manos de Amanda, y dejó que sus plumas de plata acariciaran sus dedos. Eran tan suaves al tacto que se asemejaban a una nube de algodón, y al sentirlas en contacto con su piel pensó en la dicha que se podría encontrar tras las nubes después de una tormenta.

El ave aprovechó el impulso y arañó con sus garras las palmas de Amanda. Dio otra vuelta y rozó sus muñecas. Y de último acercó su pico a sus dedos y se enganchó de su punta, rompiendo la piel y alzando el vuelo hacia el cielo con un hilo de sangre goteando de sus plumas.

Amanda cerró los ojos por el dolor del picoteo y bajó su dedo directo hacia su rostro. Observó la herida y metió su dedo en su boca, buscando aliviar el dolor palpitante.

Fue entonces que sintió algo que nunca había sentido con anterioridad. El sabor metálico, ni dulce ni salado de su sangre que se colaba por su boca y descendía hacia su garganta. Apretó sus labios contra su dedo y saboreó aquel dolor que traía ese agradable gusto. Aún con su dedo en la boca levantó la mirada y vio al ave que seguía volando en el cielo, esperando expectante su reacción.

Y a pesar de la herida que ahora tenía en su dedo no se arrepentía de alzar sus brazos y sentir aquellas suaves plumas entre sus dedos.

No había que arrepentirse de ser feliz, aunque muchas veces ser feliz duela un poco.
Incluso más de lo que uno creería.
L.E